Michel Couvreur tenía una visión muy personal y verdaderamente revolucionaria de lo que debía ser el whisky: más que el terruño, más que el toque del destilador, era la maduración en barricas de roble lo que realmente ayudaba a que el destilado de grano se convirtiera en whisky.
A partir de 1978, tras establecerse en la región francesa de Borgoña, decidió convertirlo en la obra de su vida y dedicar su investigación a un proceso que en una ocasión comparó con la polinización cruzada.